Comunidades locales ¿Inversionistas del negocio del turismo?
Las recientes protestas en Mallorca, España, volvieron a colocar al turismo en el centro del debate internacional. Mientras algunos señalan los efectos de la masificación sobre la vivienda, la movilidad o la calidad de vida, otros recuerdan que el turismo sigue siendo uno de los principales motores económicos del mundo y una fuente indispensable de empleo, genera1 de cada 9 empleos el mundo, (WTTC, 2025). Tal vez el camino hacia adelante no sé centre en cual tiene más razón, ya que ambos son ciertos, sino que las preguntas deben replantear los roles de las comunidades.
Durante décadas hemos discutido cuánto aporta el turismo al crecimiento económico, cuánta inversión privada llega a un destino y qué deben hacer los gobiernos para atraerla. Medimos el número de habitaciones, los millones de dólares invertidos, la ocupación hotelera o la derrama económica, y damos por hecho que la riqueza comienza cuando aparece el capital financiero. Muy pocas veces nos preguntamos quiénes aportan los activos más atractivos, sin los cuales, ningún proyecto turístico podría prosperar.
En esa conversación hay un actor prácticamente ausente: la comunidad local. Cuando pensamos en inversión solemos imaginar recursos financieros destinados a construir infraestructura o desarrollar nuevos proyectos. Pero, en términos económicos, invertir significa aportar activos que permiten producir riqueza futura. Bajo esa definición, las comunidades también invierten, y probablemente mucho más de lo que hemos reconocido.
Ningún destino turístico comienza cuando llega el primer inversionista. Antes existen playas, arrecifes, selvas, pueblos, ciudades, patrimonio histórico, tradiciones, gastronomía, paisajes y formas de vida construidas durante generaciones. Existen también relaciones sociales, redes de confianza, identidad colectiva, conocimiento del territorio, capacidades laborales e instituciones que permiten la convivencia. En otras palabras, existe un conjunto de activos sin los cuales el turismo simplemente no tendría dónde desarrollarse.
La experiencia turística no se produce únicamente dentro de un hotel, se construye en el territorio. Un visitante recuerda la calidad del mar, pero también la limpieza de las calles; recuerda la hospitalidad de quienes lo atendieron, la autenticidad de la comida, la seguridad con la que caminó, el carácter de una comunidad y la sensación de haber conocido un lugar vivo. Ninguno de esos elementos puede fabricarse exclusivamente con capital financiero. Todos dependen, en distinta medida, de la existencia de una comunidad que los sostiene y los reproduce todos los días.
Esta afirmación obliga a replantear una idea profundamente arraigada: la riqueza turística no es producto exclusivo de la inversión privada. Es el resultado de una coproducción. Las empresas aportan capital financiero, conocimiento empresarial e innovación. El Estado aporta infraestructura, regulación, seguridad y bienes públicos. Las comunidades aportan el territorio, el patrimonio natural y cultural, el capital humano, las relaciones sociales, la identidad y, en última instancia, la legitimidad misma del destino. Sin cualquiera de estos tres actores, la creación de valor sería imposible.
Sin embargo, mientras la inversión privada se mide, se protege y espera legítimamente obtener un retorno, la inversión comunitaria permanece prácticamente invisible. Rara vez hablamos del rendimiento que reciben quienes aportan esos otros activos indispensables para el funcionamiento del destino. Más aún, en numerosos casos ocurre lo contrario: el crecimiento turístico termina deteriorando precisamente el patrimonio ambiental, social o cultural que hizo posible ese crecimiento.
Esta forma de entender el desarrollo tiene consecuencias importantes. Si una comunidad aporta activos fundamentales para la generación de riqueza, deja de ser únicamente un grupo de interés al que hay que consultar o compensar cuando aparecen conflictos. Se convierte en un actor económico cuya contribución debe reconocerse y fortalecerse. No porque sea un argumento moral, sino porque constituye una condición para la sostenibilidad del propio destino.
Quizá uno de los mayores errores de las políticas públicas económicas ha sido considerar que el objetivo consiste únicamente en atraer inversión. La verdadera tarea consiste en asegurar que esa inversión incremente el valor de todos los capitales que hacen posible el desarrollo y no únicamente el rendimiento financiero de quienes aportan dinero.
Esto implica ampliar nuestra comprensión del concepto de valor. El éxito de un proyecto turístico no debería medirse solamente por el número de habitaciones construidas, los visitantes recibidos, el empleo generado o el crecimiento del producto interno bruto. También deberíamos preguntarnos si fortaleció o debilitó el patrimonio natural, si incrementó las capacidades de la población, si consolidó la identidad cultural, si fortaleció las redes comunitarias y si dejó un territorio con mayores posibilidades para las siguientes generaciones.
En otras palabras, el desarrollo sostenible no consiste únicamente en producir riqueza, sino en aumentar el conjunto de capitales que la hacen posible. Cuando un proyecto genera utilidades privadas mientras deteriora el capital ambiental, social, territorial o cultural de una comunidad, probablemente no está creando valor; está consumiendo un patrimonio acumulado durante décadas o incluso siglos.
Esta perspectiva también modifica el papel del Estado. Su función no puede limitarse a facilitar inversiones o acelerar autorizaciones. Debe garantizar que los procesos de desarrollo produzcan valor para todos los inversionistas del territorio, incluidos aquellos que nunca aparecen en los estados financieros. Gobernar deja entonces de ser únicamente administrar proyectos; pasa a ser la responsabilidad de conservar y aumentar el patrimonio colectivo que sostiene la economía.
La actividad turística frente al rechazo social de mega proyectos y masificación turística en el mundo, necesita comenzar a reevaluar lo que ofrece a las comunidades y como les ayuda a mejorar su capital territorial. Generación de empleo en abstracto, como discurso político, ya es por demás insuficiente.
Cynthia Dehesa, Ciudadan@s por la Transparencia
